Carta abierta a Pedro, del bar Los Alpes

Hola Pedro:

Ayer por la tarde, ya de noche, pasé por delante de tu bar, qué pena sentí al verlo tan oscuro, tan vacío pero al ver ese cartel agradeciendo a la clientela esos treinta años, sonreí y pensé que tenía que escribirte unas palabras...
 

bar los alpes

Hola Pedro:

Ayer por la tarde, ya de noche, pasé por delante de tu bar, qué pena sentí al verlo tan oscuro, tan vacío pero al ver ese cartel agradeciendo a la clientela esos treinta años, sonreí y pensé que tenía que escribirte unas palabras...

Sentí nostalgia al pasar y se agolparon en mí los recuerdos, y son tantos los recuerdos… Mira, tú no te acordarás pero cuando volvíamos de Granada, Los Alpes era lugar de parada obligatoria en navidad, semana santa y verano porque si no, no era igual volver a Valdepeñas.

Una botella de tinto, otra de gaseosa, unos cuantos vasos y ¡a mezclar! De tinto o de blanco, qué más da, a servirnos chatos y ¡qué cuadren las botellas o habrá que pedir otra! Un basculante, unas morcillejas, venga va, pedimos una de ciervo que lo hace de escándalo.

Partidos de fútbol, tardes y noches de frío invernal al calor de tus tapas y vinitos. Días señalados y días cualesquiera, siempre eran buenos momentos los que allí pasábamos y oye, una cosa, íbamos a propósito pues no nos pillaba de camino ni estaba al lado de otro bar para que fuésemos. No, íbamos allí expresamente.

Que venían amigos de visita a Valdepeñas, a Los Alpes, ¡cómo no! El sábado o domingo al mediodía en las Fiestas del Vino, comida obligada allí, daba igual si hacía un sol de justicia, si estábamos o no a cuarenta grados: eran las gachas de las Fiestas.

Fíjate, Pedro, que hasta mi despedida de soltera fue allí, nada al uso pues lo celebré con mis hermanos y un puñado de buenos amigos, y dónde y cómo mejor celebrarlo que con unas buenas gachas, ciervo, magro con tomate... Yo no sabía nada, pero he de decir que fue una magnífica sorpresa llegar allí a tomar un vino y encontrar a todo el mundo esperando. Fue la mejor elección que pudieron hacer para empezar esa noche de fiesta.

Pedro, si esas paredes hablaran después de treinta años habría muchas historias que contar. Tantas anécdotas... Demasiados recuerdos concentrados en tan pocos metros cuadrados... La tuya, la nuestra gracias a ti, no es una historia que vaya a salir en los libros de texto pero, para Valdepeñas, has hecho historia.

El pasado veintisiete de enero, a dos días del cierre, fuimos a comernos las últimas gachas, los últimos basculantes, a tomarnos los últimos chatos. Allí, de pie junto a la barra nos pedimos unos vinos y los saboreamos lentamente, conscientes de que eran los últimos que tomaríamos después de tantos y tantos años y, fíjate Pedro, mira que hacía frío y mal día, pero, a pesar de esa fina lluvia que caía, salió el sol y a través de la cristalera se iluminó tu bar.

Por todo esto, quería dedicarte unas palabras: gracias por tu buen hacer, por tu estupenda mano en la cocina, por esos magníficos ratos que nos has dado con un simple chato de vino y una sensacional tapa. Gracias por esos treinta años que has dedicado a tanta gente, Pedro, gracias por regalarnos Los Alpes. 

No he podido evitar sonreír mientras escribía estas líneas. Esto no es un homenaje al uso, es mi manera de darte las gracias.

Ahora, te toca a ti disfrutar del otro lado de la barra. Disfruta de tu jubilación bien merecida.