OCIO

Los niños, un mundo

Cuando oigo hablar de “infancia”, lo primero que me viene a la cabeza es el rumor de los gritos y risas de los niños corriendo en la plaza tras un balón en las calurosas tardes de verano. También en invierno, cómo no, pero sobre todo en verano. Los ojos brillantes, las mejillas coloradas, el cabello revuelto y el gesto sumamente concentrado. Nada es más importante que meter el balón en la portería o en la canasta, porque divertirse jugando es lo único que realmente les merece la pena. Todo lo demás pertenece al mundo de los mayores, ese tan complicado y aburrido: el trabajo, los impuestos, el dinero, la crisis…

niños jugando. RAQUEL RUIZ NIÑOS UN MUNDO (Copiar)

 A veces parece que esa época de nuestra vida quedó ya muy atrás, ¿no os parece?, pero sin embargo, dentro de nosotros aún quedan resquicios del niño que algún día fuimos, y nos sorprendería saber de qué manera suavizan nuestra personalidad. Es decir, si fuéramos jóvenes, adultos o ancianos todo el tiempo, acabaríamos por cansarnos de ser tan serios y centrados, de pretender ser tan maduros o de esa autoexigencia que nos obliga a tener que hacerlo todo perfectamente. Nuestra parte infantil, por así decirlo, nos permite relajarnos, desconectando de todo ello, para seguir disfrutando de los pequeños placeres de la vida, y continuar maravillándonos con cada cosa nueva que descubrimos.

Nuestra forma de pensar suele cambiar a lo largo del tiempo, motivada por emociones tan humanas y desagradables como la envidia, el rencor, el odio o el rechazo; pero también influida por otras que adquirimos al madurar, como son el amor, la compasión y la solidaridad. Es gracioso pensar que al ser niños no somos conscientes de llevar todas esas sensaciones dentro de nosotros, pero en realidad están ahí. Dale a un niño un helado; se pondrá muy contento, y te lo agradecerá dándote su cariño, mas nunca se le ocurrirá pensar que quizás lo hagas por un interés concreto o para lograr un fin, no pensará que estás intentando ser amable, ni en cuánto te habrá costado el helado en cuestión. La manera de ver las cosas se ve transformada por mil y una experiencias de las que siempre aprendemos algo, una vez perdemos esa bendita inocencia.

Volviendo a las tardes de verano, recuerdo estar muchas de ellas en el salón con la televisión encendida, sin prestarle demasiada atención a los dibujos animados que ponían en ese momento porque estaba ocupada pintando cualquier cosa en un papel. La mayoría de las veces, el resultado no podía considerarse ninguna obra de arte, pero había otras en las que miraba con atención cada tosco detalle de mi dibujo y me decía a mí misma que no estaba nada mal. Creo que por aquel entonces fue la primera ocasión en la que me sentí orgullosa y feliz por mi trabajo, lo que me animó a seguir haciéndolo.

Mi niñez transcurrió entre libros, papeles, cuadernos, lápices y rotuladores, como la de otro pudo transcurrir entre balones de fútbol y baloncesto, o entre zapatillas de ballet y tutús. Siempre tenía algo nuevo que hacer, nunca me aburría. La creatividad y la ilusión son dos cosas bien acentuadas en la infancia, y que suelen perdurar en muchos casos durante el resto de nuestra vida. La emoción de construir algo con tus propias manos, de ver algo que nunca antes habías visto, como si fueras el protagonista de tu película de aventuras favorita. Es increíble e inexplicable. Y aunque seas muy mayor, nunca dejas de asombrarte de lo que puedes conseguir con esfuerzo.

Sin embargo, esa esencia indiscutiblemente característica de la infancia está desapareciendo lentamente conforme avanzan nuestros días. Es la época del cambio, de los avances, de las nuevas tecnologías; y todo eso está destruyendo en cierto modo la forma de vida de los niños de hoy en día. Donde antes veías a un chiquillo jugando con un muñeco o sobre un patinete, ahora lo ves con una videoconsola o un smartphone entre las manos. Quizás el desarrollo sea bueno, qué duda cabe, pero al mismo tiempo está haciendo que todo vaya demasiado rápido, que los niños “crezcan” demasiado deprisa, que no haya tiempo para lo que antes siempre había. Porque, ¿para qué complicarme haciendo un puzle de mil piezas cuando puedo sentarme en el sofá y ver la televisión hasta las tantas?

Cuando oigo hablar de “infancia” lo primero que me viene a la cabeza es el rumor de los gritos y risas de los niños corriendo en la plaza tras un balón en las calurosas tardes de verano, entre otras cosas: el turbador volumen de la música de las atracciones de feria,  los gritos de emoción al ver por primera vez el mar, las coloridas ilustraciones de uno de tantos libros de cuentos, la adorable torpeza con la que uno escribe su nombre las primeras veces en la escuela… Pero ahora, al crecer, veo que muchas de ellas han cambiado, y las echo de menos.

Y me gustaría que todos los niños, como yo, tengan también algo que echar de menos después. Porque no habría nada más bonito en este mundo que vivir en una eterna infancia, una de esas que merecen ser guardadas en nuestra memoria.