Son las dos lacras que definen la situación actual. La sociedad empieza a ser consciente de que tanto la desigualdad como la corrupción se han erigido en el emblema de la problemática social. Muy distintas, pero muy iguales. Más que iguales es que necesariamente se han ido desarrollando juntas; se han movido en una trayectoria paralela; han ido…, y van, de la mano. De tal forma que cuando decidan las cabezas pensantes acabar con la corrupción, disminuirá la desigualdad; y al contrario, cuando la desigualdad disminuya acabará la corrupción.

Son las dos lacras que definen la situación actual. La sociedad empieza a ser consciente de que tanto la desigualdad como la corrupción se han erigido en el emblema de la problemática social. Muy distintas, pero muy iguales. Más que iguales es que necesariamente se han ido desarrollando juntas; se han movido en una trayectoria paralela; han ido…, y van, de la mano. De tal forma que cuando decidan las cabezas pensantes acabar con la corrupción, disminuirá la desigualdad; y al contrario, cuando la desigualdad disminuya acabará la corrupción.

Y, ¿por qué la corrupción determina en gran manera la desigualdad? Muy sencillo: porque la corrupción no es la actividad aleatoria o casuística de cuatro golferas como la derecha nos quiere hacer ver. No. La corrupción es una actividad organizada, de forma sistémica, en buena parte por un sector dirigente; dirigentes, tanto políticos como financieros, que se han visto claramente favorecidos… tan favorecidos que han machacado a las clases medias y trabajadoras. Han provocado una vergonzosa inclinación de la balanza en su favor.

Porque la corrupción no es solo meter la mano en el cajón del dinero ajeno. Hay ingenierías financieras dedicadas a favorecer mucho a muy pocos. Es corrupto el ejecutivo que gana más de 15.000 euros diarios, cuando un porcentaje muy alto de parados o trabajadores están en el umbral de la pobreza; es corrupto el que coloca su dinero en paraísos fiscales para no pagar impuestos, obligando a las clases medias y trabajadoras a soportar el peso de la fiscalidad; es corrupto el dirigente político que no corta con esas corruptelas, porque de paso, algo va quedando en sus bolsillos; es corrupto el que no lucha contra la desigualdad.

Acabar con esta inercia es fácil, y no es fácil. Es fácil porque la fórmula es muy sencilla, y es difícil porque quien tiene que cambiar estas prácticas son los propios favorecidos, y no creo que estén muy por la labor. Es fácil porque solo hacen falta dos cosas: Acabar con el distanciamiento entre la economía y la ética; y en segundo lugar que la política esté muy vigilante para que las corruptelas no se produzcan. Esperemos que así sea, sin dar lugar a convulsiones sociales. Claro que esto solo puede hacerlo la socialdemocracia en su estado puro. El neoliberalismo no; seguro.