Al fin, una jueza del Constitucional, Encarnación Roca, ha dicho algo con sentido común, en el contexto de una democracia liberal, a saber, que una autonomía no tiene ningún derecho político a prohibir una afición que está implantada en el resto de España, que las autonomías no tienen derecho a impartir doctrina moral a sus “súbditos”, y menos a prohibir actividades que son legales en el resto del Estado, conculcando las libertades individuales en la Hoguera de esta Nueva Inquisición que es el nacionalismo hirsuto. 

No es el amor franciscano a los animales y su pureza el que prohibió en Cataluña los toros, sino el odio a España con ropajes doctiloquos. Es tan sensata la sentencia del Tribunal Constitucional que es casi una perogrullada. Pero, desde luego, hay que alabarlo en un país con ese grado de masoquismo suicida que tiene el pueblo español, que incluso aplauden las autoridades a quien recibe un Premio Nacional vomitando su odio vitalicio a España. 

Pero el primer beluario, cerca de una huella sangrienta, está gallardo, vestido de azul y oro, muleta y espada bajo el brazo. Los banderilleros visten de amarillo y plata. En las chaquetas de los picadores orondos espejean las lentejuelas al resplandor heráldico de la tarde española. Sus caballos ciegos derraman por sus ollares erguidos gas de luz. Mientras, a salvo, vive ruin y esclavo, humillado y eunuco, el buey domesticado. Pero tiene el derecho de espantar las moscas con el rabo.

Hasta esta tarde azul el toro de lidia era el robusto señor de la dehesa de azules prados, donde el aire su bramido llevó, cual son de un cuerno que soplara titán de anchos pulmones, y de eral tierno ya hacía las verónicas lorquianas a las florecillas rojas en sus sueños de píncipe. En claro arroyo de linfas transparentes apagaba su sed con belfo ardiente. A su voz respondían las montañas, y su patentísima estampa, magnífica y soberbia, hacía arder de amor a Pasifae, madre de la civilización europea. Y una vez al lobo que clavó traidoramente sus fauces en el flanco le enterró sus cuernos en el vientre. Las vacas con sus ojos de Atenea bramaban el placer de un amor poderoso. Mientras, el buey, políticamente correcto, vive mutilado, come, engorda, y la nuca inclina ante su castrador.

La banderilla, arpón alegre, encarnizado tábano de hierro, socratiza la inocente carne apasionada y trémula. El clarín agudo emite su terrible “taratántara”. La estocada diestra en pleno corazón clava su acero. La tarde rueda hacia el oeste en la radiante apoteosis de un arte milenario, y la intacta juventud del toro es acogida en el cóncavo cielo. Pero peor que el martirio es la impotencia, y más negro que la muerte es el yugo consentido del buey.

El ímpetu del toro tetérrimo, rubendariano, español y helénico, ebrio de vida, detesta la catequesis laica que neutraliza el corazón en una vida de semimuerte, de automutilación y grey boyuna. Envidiosa de la vieja Iglesia, la nueva sociedad cerrada quiere sustituirla. Sólo la sociedad civil y Montesquieu podrán impedírselo.