OPINIÓN

El Baile de los Ardientes desde Gorgias

Aunque en la farsa aquelárrica de “El Baile de los ardientes”, de Francisco Nieva, haya más temas dignos de reseñar, el tema de la homofilia, con claros guiños al platonismo histórico, constituye el argumento esencial. Todo él es un juego de seducción “clásica” que termina en la posesión del joven Cambicio, siempre tentado por la provisionalidad definitiva de su propio nombre parlante, por el maduro y poderoso Cabriconde, nuevo Anacreonte napolitano del siglo del anacreóntico Meléndez Valdés.

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Se vuelve aquí, como en “El Banquete”, a establecer las categorías de “paidíka” y “erôn”, esto es, “el joven objeto de deseo” y “el amante”. La relación maduro-adolescente en el mundo platónico y en la mesa anacreóntica de alegría indesmayable no sólo supone una relación amorosa, sino una relación académica de profesor y discípulo, tutor e iniciado. Y también en el fondo una compraventa, un contrato sinalagmático: la belleza de la juventud por la sabiduría de la madurez, o la sabiduría permanente de la madurez por la belleza efímera de la juventud. La belleza y la sabiduría serían los dos bienes cruzados de aquella institución griega de difícil y casi imposible denominación por su sutileza.

El joven Cambicio, ignorante de sus deseos más profundos, marcha a Nápoles por mandato paterno para casarse con una de las tres hijas, feas como Gorgonas, del Cabriconde Jorbatán Orla de Picavea, y con ello restablecer un poco la arruinada fortuna de la familia. Pero marcha como condenado, no sólo porque se vaya a casar con un endriago, sino porque ya presiente que en este viaje encontrará su destino más definitorio. Pero el Cabriconde, mucho más arruinado que el pretendiente, no quiere a Cambicio como yerno, sino como su Ganimedes troyano. Después de tantas aventuras amorosas con mujeres de toda laya y condición, quiere ahora casarse con un joven varón con quien emborracharse alegremente, y contando historias, como un remedo exacto de Anacreonte en el siglo de Meléndez Valdés.

La comedia discurre entre los dulces gorjeos de las tres hijas Jorbatán Orla, que, lejos de espantar por su fealdad, nos las imaginamos como tres walkiritas rubias que exhalan suspirillos del norte. También ellas se enamoran de Cambicio, en particular Gargolina, que es la primera que expresa su amor a las hermanas, y una de ellas, como una ducha fría, le responde: “¿Quién no ama lo que no podrá tener nunca?”

Cambicio y Cabriconde se hunden en unas bodas sordas, en donde Orla invita a su joven amigo a bajar a una gruta en donde beber el delirio. Y aquí nos asalta el viejo asunto de la seducción que tan de cabeza trajo a los sofistas griegos, como Gorgias. La obra de Gorgias sugiere que la búsqueda por parte del hombre de su propio bien, guiada por la persuasión (“peithô”), ni es una expresión de su libertad ni un medio de alcanzar lo que es genuinamente bueno para el hombre. En la Defensa de Elena, cuya belleza causó la Guerra de Troya, Gorgias hace una afirmación extraordinaria: la persuasión, convencionalmente considerada como la expresión de la libertad del hombre y el orden alcanzado a través de la interacción política, como la antítesis de la fuerza y la coerción, es en sí misma una forma de coerción. La persuasón – observa – no tiene la forma de necesidad, pero tiene el mismo poder. Gorgias argumenta que Elena fue forzada a actuar tal como hizo, y fue, por consiguiente, inocente de cometer acciones malas, a causa del irresistible poder de la persuasión. El argumento de Gorgias es el siguiente: “La persuasión con argumentos ( lógos ) es equivalente a la abducción por la fuerza, dado que nadie puede fallar en consentir lo que se hace si está de acuerdo con lo que se dice”; en otras palabras, nadie puede evitar actuar de acuerdo con las consideraciones a las que ha sido llevado. En el Gorgias, de Platón ( 452d-e ), se le hace describir al sofista el más grande bien como el poder de persuadir con argumentos, que garantiza el poder al reducir a los otros a esclavos. Otro pasaje platónico ( Philebus, 58a-b ) retrata a Gorgias como quien es capaz de distinguir la esclavitud que se alcanza a través de la fuerza de la de aquellos que se imponen por la persuasión a través del acuerdo voluntario. De este modo, el hombre que es un maestro de persuasión parece haber tomado el lugar de los dioses: los hombres se le hacen esclavos de buena gana, coaccionados por una visión de su propio bien o del placer. Esto es, ambas cosas hacen que ellos piensen que es lo mejor para ellos, y están obligados a hacerlo así.  Sin embargo, Gorgias retrata a Elena como un instrumento, y no como un participante en su propia fechoría. El poder de persuasión no es tanto una versión secularizada ( politizada ) de la doble causalidad del mundo de la tragedia esquilea como una represalia, en una clave diferente, del poder de los dioses homéricos. La persuasión ha asumido ese aspecto del hombre que habría constituido su conciencia y su participación intencionada incluso cuando estaba viviendo fuera del plan de los dioses; la razón o argumento es ahora el instrumento del poder del otro. La artesanía del encanto por la persuasión se parece a un engaño divino ( “atê” ), pero con una nueva fórmula poderosa: la coacción es interna. O mejor, la concepción de lo que fue interno para el agente, que había aparecido gradualmente como el punto de vista instrumental, ofreció el modo de una participación consciente, y la ha alienado en sí misma.  La peithô que una vez expresó el poder del hombre y la libertad es ahora una forma de coacción capaz ( a diferencia de su análoga divina ) de reducir a los hombres al status de esclavos.

En su discurso sobre Palamedes, Gorgias va más allá de la tesis expuesta en la Defensa de Helena, de que la persuasión obliga a los hombres a manipular sus creencias hasta la esencial asunción de que los hombres están obligados a actuar de maneras particulares por su propia creencia de que actuar así los benefiaciará. Palamedes sostiene que “todas las cosas que los hombres hacen, las hacen por una de dos razones, bien para perseguir una ganancia, bien para huir de un castigo” ( Pal. DKB 11a, 19 ). La implicación de ambos discursos es que el hombre no puede hacer ninguna otra cosa que lo que estima que es bueno; de este modo Elena no es responsable de haber sido seducida, porque la seducción es equivalente a la abducción; y Palamedes no es culpable de traición porque no podría haber hecho lo que debería haber sabido que le perjudicaría. El discurso de Palamedes sugiere que los hombres actúan contra sus propios intereses sólo a causa de la estupidez o la locura: él mismo es sabio y, por consiguiente, no puede pensarse que ha sido capaz de actuar de forma imprudente. Sin embargo, la Defensa de Elena apunta al defecto de esta afimación: la persuasión tiene éxito al “modelar un falso argumento”. Efectivamente, gracias a esta transgresora y valiente comedia de Francisco Nieva (1974!) no sólo nos hemos zambullido en el sótano palaciego del Cabriconde, a la vez secuestrador y seductor, sino que también nos hemos hundido en la Grecia de una educación sentimental de corte homofílico. Por lo demás, el planteamiento de la homosexualidad en esta obra, a diferencia de lo que se hacía por entonces, no es político para nada, sino puramente spinoziano: deja hablar a la naturaleza.