OPINIÓN

Cuando la religión entraña locura

El hombre siempre ha aparecido en la Historia “religiosus naturaliter”, su sustancia religiosa lo constituye, y apenas se le puede explicar sin esa dimensión transcendente. Pero cuando vemos en la televisión y en los nuevos instrumentos o herramientas de comunicación de masas a unos hombres, como nosotros, cortando la cabeza de otros hombres como nosotros, como pobres corderos llevados al matadero, junto a una playa libia, en donde un mar indiferente rompía con su geológica belleza,...

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...por razones que los verdugos fundamentaban en la religión, entonces la religión se nos transforma en un arcano espantable, terrorífico, insano, deshumanizador y salvaje, y sentimos una enorme depresión moral cuando constatamos las barbaridades que el hombre puede hacer al hombre, y se nos quita la alegría de vivir observando cómo unos jóvenes matan a otros jóvenes sin saber por qué, sin saber por qué. Porque el Creador no puede ser un Dios homicida. Y lo que aumenta nuestro terror es la aceptación de la muerte que parecen tener las víctimas, que no se rebelan muriendo en lucha desesperada contra sus cobardes captores. He escrito ya en algún sitio a favor de la gallarda forma que tuvo de morir en nuestra Guerra Civil el zamorano Ramiro Ledesma Ramos cuando le llevaban a Paracuellos a ser fusilado con otros compañeros de saca. Arrancó el fusil de un miliciano antes de subir al camión y otro miliciano le descerrajó un tiro en la cabeza acabando con su vida en aquel mismo patio de la prisión. Se vieron también en el otro bando estas mismas explosiones de fiereza desesperada en algunos comunistas frente al destino que otros hombres han fijado para nosotros. “Me mataréis, pero donde yo quiera”. Fiereza desesperada que expresa el orgullo de la propia vida, que no es de nadie.

Europa llenó los siglos XVI y XVII de muerte y desolación por asuntos religiosos. La Ilustración paró esta locura, civilizó la antropología religiosa del hombre, y los siglos fueron enterrando en el olvido la violencia religiosa. Y ahora vuelve en todo su esplendor en África y en Oriente, llenando de horror y de locura el corazón humano. Afortunadamente, la mayor parte de los cristianos, judíos y musulmanes entendemos hoy la religión como la mayor razón que existe para hacer una vida amable a los hombres, y amable es todo lo contrario al rigorismo que tanto la Iglesia durante mucho tiempo y algunas sectas musulmanas siguen practicando con demencia antihumana.

Así, por ejemplo, la historia de los abusos monacales y celibatarios en nuestra Iglesia, como el intenso encubrimiento del cuerpo en mujeres de otras religiones, pertenece a la historia de la locura. Conviven las túnicas de las mujeres musulmanas con el desnudo ingenuo e inocente de las mujeres africanas y con el desnudo liberador o exhibidor o industrial o estético de las mujeres occidentales de cultura. El exhibicionismo y desvestimiento de moda y pasarela actuales es inevitable ante la clausura y sospecha teológicas a que se sometió milenariamente a ese cuerpo, son un movimiento de reacción, de liberación de castigo a ortodoxias hipócritas, inerciales, incapaces de dudar por tener a la religión como poseedora de certezas intocables absolutamente.

Las religiones enseñan que el mundo y el hombre son “opus intellectus”, fruto de una inteligencia amable, y no de casualidades  o malignidades sísmicas, por eso ese dolor retransmitido de cortar cabezas en nombre de la religión, transforma la religión en un morbo virulento que debía mantenerse encerrado en manicomios y nosocomios de alta seguridad. Una Inteligencia creadora y providente para con la inteligencia difícil del habitante del Universo es incompatible con este salvajismo que nos sobrecoge y hace imposible la alegría de la vida. Pero aquellos que creemos en el Jesús que andaba en el mar proceloso para decirnos que no tuviéramos miedo, aún queremos cobijarnos y acurrucarnos en esa esperanza de amabilidad y vida agradable y dulce. Dulce Jesús nuestro. Nada de puñetazos, Señor Papa, a quien insulta a la “mamma”, porque nadie insulta a la “mamma” verdadera, la más perfecta criatura de Dios, imagen misma de la creación divina. (Desde luego el fino teólogo Ratzinger no hubiera jamás caído en esta ordinariez porteña.) Pobres de los hombres, trozos de Dios, pedazos erróneos, erráticos, errantes de Dios. Misericordia, Dios mío. Ante nuestra brutalidad humana entendemos que el creador del mundo tenía que padecer al mundo. Cuanto más consciente de lo que había hecho, más tenía que padecer. En efecto, bajo Poncio Pilato fue crucificado, muerto y sepultado Aquél por Quien “omnia facta sunt”. 

Todo un soponcio metafísico que nos impide dormir, y que nos apela a seguir sufriendo por nuestros hermanos los hombres.