OPINIÓN

Error y mentira

Podemos analizar, e incluso hasta disculpar el error. Pero de ahí a traspasar la línea de lo que es error a lo que es mentira, no, no y no. El error se puede disculpar. ¿Quién no ha cometido algún error en su vida? Pero de ahí a mentir a sabiendas de que se está mintiendo, hay una línea imborrable, una línea que no podemos, no debemos, desdibujar. Estamos ante un territorio que en política se hace más grave; más grave por las consecuencias sociales, por la ruptura social que origina. No hay, no puede haber, ni disculpa ni perdón.

aznar

Antes de que mi indignación me haga olvidar lo esencial, antes de que la paja esconda el grano, quiero dejar claro que los acontecimientos del 11-M, sucedidos hace diez años, dejaron patentes reacciones que no debemos olvidar y que debemos ensalzar como ejemplares; como algo de lo que nos haga sentirnos orgullosos. Una reacción que destacó, ante todo, el sentido de solidaridad de una sociedad que se volcó sin regatear nada. ¡Ejemplar! Puso de manifiesto que estábamos dotados de unos servicios que funcionaron con rapidez y eficacia como ningún otro. Rapidez de una Justicia que dejó asombrado al mundo entero por el tiempo récord en que dejó sentenciados los crímenes. Enhorabuena a todos. Esto es lo que de verdad contribuye a la marca España.

Pero volvamos al error y la mentira. La reacción del Gobierno presidido por Aznar, fue un gran error. Tan, o mayor, que el error de meter a España en la guerra de Irak. Si en ese momento José María Aznar hubiese convocado, como cualquier estadista ante un tema que afecta al Estado en su conjunto, inmediatamente, un gabinete de crisis; si hubiese reunido a todos los líderes políticos exponiendo la realidad para buscar una reacción común, una reacción de Estado; si se hubiese olvidado del interés electoral, si hubiese dejado atrás su complejo de culpabilidad, y hubiese prestado más atención al interés general de los españoles y de las víctimas; si hubiese actuado como hombre de Estado, nos habríamos librado de muchas y dañinas divisiones, el Partido Popular habría salido reforzado, y probablemente hubiese ganado las elecciones tres días después. 

Fue un error; muy grave; de consecuencias tremendas; pero un error. Se equivocó, y su partido pagó las consecuencias del error. Hasta ahí, y haciendo un gran esfuerzo podríamos disculparlo. Lo que no admite disculpas es la mentira. Aznar, Acebes y Zaplana, entre otros, diciendo a los españoles y al mundo entero que el atentado era obra de ETA, cuando ya llevaban 18 yihadistas detenidos, era una mentira que cantaba a voces. Mentira que los situó frente a la población española y frente a todos los servicios internacionales. Tuvieron, además, el atrevimiento, por no decir desvergüenza, de llamar “miserables” a quienes discrepaban de su versión.

No conformes con la infamia, y lejos de arrepentirse , o al menos rectificar, líderes políticos y mediáticos se han instalado en la misma falacia. Han tenido la falta de honradez intelectual para asegurar que los jueces han sentenciado basándose en pruebas falseadas intencionadamente; han rayado en el ridículo destacando las propiedades explosivas de los polvos de talco, el ácido bórico o unos simples matarratas; han tenido la falta de escrúpulos para alimentar el odio hacia quienes han pretendido desmontar la infamia, haciendo que sufrieran persecuciones y amenazas; han alimentado la fractura entre las asociaciones de las víctimas. 

Una manera ruin de conmemorar el décimo aniversario del 11-M, la de algunos líderes del PP reclamando que no hay que cerrar las puertas a nuevos datos y nuevas investigaciones para conocer la verdad. Me han recordado las palabras de Aznar, Acebes y Zaplana. Y mucho más, de quien por entonces era la secretaria de Ángel Acebes, ministro del Interior. Líderes que en lugar de posicionarse veladamente en las teorías conspiratorias deberían aclarar, y mucho, todo lo ocurrido durante más de veinte años con la trama Gürtel.

Es verdad que hay un claro intento de desmarcarse de la teoría de la conspiración. Bienvenido sea. Ya era hora. Teoría de lo más indigno que se haya visto en estrategia política. Sorprende, indigna, repugna, que haya habido personas capaces de sospechar que un partido estaba en connivencia con ETA para derribar al Gobierno del Partido Popular. Por cierto, ¿qué ha querido decir el cardenal Rouco en su homilía para condenar los atentados del 11-M con “oscuras intenciones de poder? Errores…. bueno está… mentiras, ni una.