OPINIÓN

Su Majestad pierde los papeles

Un año más, fieles a su cita, los Magos de Oriente acudieron puntuales al encuentro de los niños y niñas, y de los no tan niños y niñas, de nuestra ciudad. Volvieron a aparecer por arte de magia, como es su cometido, para desfilar en Real cabalgata repartiendo ilusiones y sonrisas, en lo que es preludio de una afanosa madrugada de reparto de regalos y presentes, y picoteo de aperitivos y dulces que deben poner a prueba sus niveles de colesterol y triglicéridos.

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Y así aconteció el desfile de los tres Reyes, como desde hace más de dos mil años, con su porte solemne y su halo de majestuosidad, grandeza y casi vehemencia, que por algo son monarcas y magos, y también me supongo que, si echamos cuentas, un poco talluditos.

Así aconteció hasta que, como viene ocurriendo en los últimos años, alcanzaron la Cuesta del Palacio, dispuestos a enfilar el tramo que les conduce a la Plaza de España.

Y es que no sé qué ocurre en esta última parte del recorrido que, como se está convirtiendo en triste tradición, una de Sus Majestades, o dos de ellas, o incluso alguna vez las tres, pierden los papeles y dejan atrás todo retazo de solemnidad para transformarse, bien por motu propio o bien forzados por su séquito, en una especie de imitación  de Fernando Alonso o Émerson Fitipaldi pero en plan despendolado y caótico.

Desconozco a qué viene ese comportamiento sobrevenido y fuera de lugar que lleva a afrontar la cuesta a galope tendido y barbas y melenas al viento, dejando con tres palmos de narices a los pequeños y grandes apostados en esa emblemática calle que con paciencia infinita los han estado esperando como todo hijo de vecino; y con la misma sensación de haber visto la llegada al sprint de una etapa en llano de la vuelta a España en rollo engalanado y sin casco reglamentario.

Este año el numerito lo dio la carroza de Melchor, que quizá en un alarde presupuestario se haya dotado con el nuevo motor Honda del equipo McClaren.

Y lo cierto es que, una vez comprobado en mis carnes, y en el rostro incrédulo de algún pequeño, que esto es un hecho recurrente, pues que quieren que les diga, pues que me indigna y me preocupa.

Sí. Me preocupa que este comportamiento irresponsable se deba a algún signo de senilidad de los Magos o al absurdo antojo de alguien de su equipo, que hace que no comprendan que para que ese simulacro de 100 metros lisos de Ussaín Bolt pueda acabar en tragedia basta el simple hecho de que un pequeño salte enmedio del circuito urbano improvisado en busca del caramelillo perdido cuando la carroza reconvertida en bólido esté pasando a velocidad de la luz, cual Halcón Milenario pilotado por Harrison Ford. Y sí; ya sé que hay personal de protección civil, policía y lo que se tercie; pero también lo hubo en desgraciados sucesos que a todos nos apena recordar. Y es que si hay ocasión siempre habrá una probabilidad de peligro. Y es una pena que haya peligro porque a algún lumbreras del séquito real le mole eso de convertir el desfile de los Reyes Magos a la altura de la calle de La Virgen en una carrera de cuádrigas pero con camellos (y encima de cartón piedra). Luego dicen que no; pero los radares de circulación nunca están donde se les necesita...

Y, como también he dicho, me indigna. Antes la indignación la llevaba uno en silencio, como las hemorroides; pero dado que hoy en día lo propio es indignarse mucho y pregonarlo a los cuatro vientos, pues dicho y hecho. Me siento indignado.

Me indigna porque nuestra ciudad tiene un nivel cultural y un legado histórico lo suficientemente grande como para saber, a nivel colectivo, mantener la compostura y la solemnidad de los distintos eventos que en ella se celebran. Y la cabalgata de Reyes es uno de estos actos solemnes y especiales en los que merece la pena centrar el protagonismo en los pequeños y pequeñas que asisten asombrados a la llegada grandiosa y magnificente de esos sabios y bondadosos magos de lejanas tierras. Incluidos los niños y niñas que asisten al espectáculo en la Cuesta del Palacio. Y en lugar de presenciar esa templanza, empaque y elegancia nos encontramos con que asistimos a una pseudo-contrarreloj sin pies ni cabeza de un señor con barbas blancas con cara de estar a punto de perder el metro en la línea uno correspondencia con Sol. No, el saber crear una atmósfera mágica y especial que envuelva a niños e incluso a mayores no depende sólo de unas antorchas, unos fuegos de artificio y unos discursos más o menos solemnes. En mi opinión depende mucho más del saber estar, del saber hacer, de interiorizar el papel que cada uno juega y ser empático y consecuente con la admiración de los niños. Admiración, no incomprensión o susto, como he visto esta noche una vez más, y ya van unas cuantas. Han sido más de cuarenta años asistiendo a la cabalgata de Sus Majestades de Oriente en la puerta de la casa de mis padres en plena Cuesta del Palacio, y no sé cómo aún no se han percatado de lo que ha verificado un servidor: una magnífica comida se puede estropear con un mal postre.

Y lo que casi toda la vida me hacía enorgullecer de lo bien que se hacen las cosas en mi pueblo se ha transformado, de este modo tan estúpido, en un espectáculo de unos metros y unos segundos peligroso y bastante chabacano, que los valdepeñeros no nos merecemos.

Querido Rey Melchor, por favor. Si estas carreras de carrozas, que me recuerdan a cuando yo era pequeño y se hacían por el centro de Valdepeñas competiciones de karts, se deben a su propia decisión, permítame con toda humildad que le aconseje unas técnicas de relajación y quizá media pastillita de Orfidal para calmar sus ansias de velocidad. Ustedes se deben a la templanza y a la dignidad que despierta la admiración de sus pequeños seguidores. Y si es algo que proviene de su séquito, deles un toque, se lo ruego, y adviértales que Valdepeñas ha sido desde siempre una ciudad íntimamente ligada a cierto nivel cultural y a la sobria elegancia. Y determinadas catetadas sobran en nuestras calles.