OPINIÓN

Notas desde la barrera Cap.XXX: Antónimos, sinónimos y viceversa

En la antigua Grecia, el político (politikos) era aquel que se ocupaba de los asuntos públicos y del bienestar de la ciudad (polis). En resumen, del bien común. Su contrario era aquel que sólo se ocupaba de sus asuntos privados y no le interesaba el bien general, sino su propio interés particular por encima de todo y de todos. Los griegos tenían una palabra para referirse a este tipo de personas: idiota (idiotes). Así pues, podemos concluir que en la antigua Grecia un político jamás podría ser un idiota.

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Claro que esto era en la antigua Grecia. La vida ha dado muchas vueltas desde entonces y hoy en día estas palabras no son ni mucho menos antónimos, sino que incluso lo normal es que vayan unidas para referirse a alguien que se dedique a la Política y lo que tengamos ante nosotros sea un “político idiota”. La verdad, me resulta francamente curioso que palabras que antes significaban lo opuesto ahora vayan tan unidas que casi podrían considerarse sinónimas. Como prueba de lo que digo no hay más que ver la reacción de mucha gente cuando algún político sale en televisión. Lo habitual es que digan algo así como “ya está otra vez ese idiota”. Eso cuando el calificativo que emplean no es más sonoro y contundente.

No le falta razón al respetable cuando se expresa de ese modo. No hay más que ver el lamentable espectáculo al que asistimos cotidianamente en los intentos de formar gobierno. Los azules acusan a los de la rosa de bloqueo, que es lo mismo que los de la rosa dicen que hacen los morados. Estos responden a los del capullo que si siguen con los naranjas que no cuenten con ellos. Y los de color butano se dirigen a los azules para decirles que aparten a su barbudo líder para empezar a hablar, a los que los de la gaviota responden con una peineta. Este es más o menos el resumen de los 100 días que llevamos sin gobierno, y como pueden ver un pandemónium de este calibre sólo puede llevarnos a una conclusión: España está llena de políticos idiotas.

Una prueba de que no andamos desencaminados en nuestras conclusiones las tenemos en la reacción de los políticos ante la corrupción. Si es propia, el político sonríe nerviosamente mientras musita no sé qué de la presunción de inocencia y defiende que continúe en su cargo hasta más ver, a la vez que enciende el ventilador para acusar a los demás de ser más corruptos. Si es ajena, el político vocifera con los ojos desencajados que el partido rival está podrido, que deben dimitir del conserje para arriba y que es vergonzoso todo lo que pasa. ¿Les suena este comportamiento? ¿No les parece propio de políticos idiotas?

Lo malo es que no tienen pudor de exhibirse tal como son por platós de televisión, emisoras de radio y micrófonos varios. Constantemente el político idiota hace gala de ello y proclama a voz en grito a todo aquél que quiera escucharle que sus postulados son correctos y los de los demás están equivocados. Naturalmente, sólo consigue el aplauso enfervorizado de los suyos y el abucheo indignado de los contrarios. Claro que eso es lo que se busca, porque los políticos idiotas hace tiempo que sólo se dirigen a las tripas del votante y no a su razón. Han perdido la costumbre de convencer con argumentos a la gente y por eso no argumentan, sólo sueltan bilis. O quizás es que nunca supieron hacerlo. No en vano la mayoría de políticos idiotas ya eran idiotas antes de ser políticos, que ya se sabe que el idiota nace y el político se hace.

En cualquier caso, es triste estar en manos de idiotas. Por más que se mire a diestro y siniestro no se encuentra nadie que quiera ser político en el sentido griego del término. Sólo se ve una legión de idiotas de sonrisa impecable y colmillo retorcido presta a saltar sobre el contrario con tal de no perder privilegios, sueldo y acomodo. Aunque hay que reconocer que para preservarlos no tienen problema en ponerse de acuerdo rápidamente con el contrincante. Quizá porque a todos les une el interés común de vivir del cuento el mayor tiempo posible. Y cuando digo “cuento”, me refiero a su bolsillo y al mío, querido lector. Reflexione sobre ello. Tal vez llegue a la misma conclusión que yo: la mayoría de los políticos españoles son idiotas.

No quisiera concluir sin aclarar que utilizo la palabra “idiota” en la acepción griega del término (egoísta) y no en su acepción latina (ignorante, tonto estúpido). Así que párense las querellas de aquellos que se sientan aludidos, que decir que alguien va a lo suyo no es delito todavía. Pero también tengo que confesarles una maldad en voz baja: a la cabeza me han venido casos de políticos idiotas en sus dos significados. Seguro que a usted, querido lector, se le ocurre algún caso más. No se preocupe y sea travieso, porque ser traviesos es una de las pocas defensas que nos quedan frente a estos idiotas, ¿no cree?

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