OPINIÓN

Notas desde la barrera Cap. XXXVII: El arte del engaño

Dicen que “El arte de la guerra” de Sun Tzu es el mejor libro de estrategia de todos los tiempos. Este volumen de dos mil quinientos años de antigüedad es uno de los más importantes textos clásicos chinos en el que, a pesar del tiempo transcurrido, ninguna de sus máximas ha quedado anticuada ni hay un solo consejo que hoy en día no sea útil. 

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Foto extraida de El País

Pero la obra del general Sun Tzu no es únicamente un libro de práctica militar, sino un tratado que enseña la estrategia suprema de aplicar con sabiduría el conocimiento de la naturaleza humana en los momentos de confrontación. No es, por tanto, un libro sobre la guerra sino una obra para comprender las raíces de un conflicto y buscar una solución. Inspiró entre otros a Napoleón, Maquiavelo y Mao. Y parece que ahora también a Pablo Iglesias.

Y es que este libro empieza con una frase muy conocida: “el arte de la guerra se basa en el engaño”. Es en esta máxima en la que debemos enmarcar el acuerdo que Podemos e IU han alcanzado para concurrir juntos a las próximas elecciones. Dejando de lado las cuentas de la lechera que se están haciendo sobre el número total de votos que sacará la coalición, o el beneficioso efecto que para ellos tendrá en los llamados “restos” de cada circunscripción electoral, el objetivo del acuerdo no es derrotar al PP, como han proclamado sus protagonistas. El objetivo no es otro que adelantar al PSOE y dar el ya famoso “sorpasso”.

Que nadie se engañe. Esto y no otra cosa es lo que busca Pablo Iglesias. Y por eso sus acciones van todas dirigidas en la misma dirección. Al líder de Podemos no le pide el cuerpo aliarse con el “pitufo gruñón” más de lo que se lo pedía en la anterior cita electoral, ni le apetece hacerse cargo de la deuda de IU, ni mucho menos ceder escaños al partido de Alberto Garzón. Iglesias traga con todo porque sabe que necesita de los votos de Izquierda Unida para conseguir el gran objetivo de convertirse en el referente de la izquierda española. Y es que sabe que sus ahora celebrados socios serán poco a poco absorbidos en su organización y en el futuro dejarán de tener importancia, por lo que hace ahora concesiones para asegurarse la hegemonía, sabiendo que a poco tardar llegará el día en que no los necesite.

Sólo teniendo a la vista este objetivo se comprende la insólita oferta hecha al PSOE de ir juntos en las listas del Senado. Pablo Iglesias ya contaba con que Pedro Sánchez se negaría a ello en redondo. Pero ha conseguido desactivar en gran parte el mensaje socialista de que Podemos no quería echar a Mariano Rajoy de la Moncloa, porque ahora son los socialistas los que se niegan a colaborar. Además, ha obtenido con esa propuesta un premio inesperado: algunos barones regionales del Partido Socialista se han rebelado abiertamente contra Ferraz y negocian listas conjuntas. Iglesias ha removido el avispero, y las avispas empiezan a picarse entre sí. El líder de Podemos tiene tomada la medida como nadie al río del PSOE, y sabe también como nadie revolver sus aguas para obtener la ganancia de pescadores que el refrán promete.

Claro que nada de esto pasaría ni el intento de Pablo Iglesias tendría éxito si en el PSOE hubiera un líder fuerte. Y esto es algo que no ocurre, porque Pedro Sánchez ha visto como los puñales le llovían desde dentro de su formación casi desde el primer momento. No debe ser agradable desayunarse un día sí y otro también con intrigas de salón socavando su liderazgo y poniendo en entredicho su cargo. De hecho, es milagroso que haya llegado hasta aquí después de todo lo que le ha caído desde dentro de sus propias filas. Y más después de haber obtenido el peor resultado histórico de su partido en unas elecciones generales. Pablo Iglesias ha olido la sangre y se ha lanzado sin demora a la yugular de Pedro, y esta vez tiene muchas posibilidades de conseguir cobrar la pieza. El pobre Secretario General del PSOE tiene los días contados. Y lo peor es que él lo sabe.

Desde Podemos se está polarizando la campaña entre ellos y el PP, condenando al resto de fuerzas a la irrelevancia mediática. Como ya ocurriera en diciembre pasado, la formación morada ha tomado la iniciativa política desde el primer momento y será difícil que la suelte. Está planteando estas elecciones no como una confrontación plural, sino como una lucha entre la “derecha rancia y reaccionaria” de Rajoy y el “progreso y cambio” encarnado por ellos mismos. Como ya ocurriera antes, es una guerra entre la “casta” y la “gente”. Igual que en los viejos tiempos del bipartidismo, sólo que con uno de los actores cambiados. Es difícil que Ciudadanos y el PSOE puedan contrarrestar esta maniobra, entre otras cosas porque al otro actor de la obra también le interesa la situación que se ha creado. En efecto, al PP le están dando la campaña hecha. Por una parte, tiene un fácil mensaje para hacer que los que se fueron a Ciudadanos vuelvan al redil popular: “no son de fiar porque pactan con el PSOE”. Por otra parte, tiene un poderoso argumento para movilizar a los suyos que prefirieron abstenerse en diciembre: “¡que vienen los rojos!”. Si no cambia mucho la cosa, la campaña electoral se moverá entre estos dos extremos haciendo inútiles los esfuerzos de los demás. Como siempre ocurre en estos casos, funcionará mejor la apelación al voto del miedo, a la contra y al voto útil que la llamada al voto de la ilusión. Y a alguien como Rajoy, acostumbrado a hacer lo menos posible, este escenario le viene como anillo al dedo.

Pablo Iglesias está siguiendo al milímetro las enseñanzas del viejo general chino, y por ahora las cosas le están saliendo a la perfección. Harían bien los demás en hacer un curso acelerado de su libro para contrarrestar la catástrofe. O comprarse una versión de “El arte de la guerra” para dummies. El caso es que algo tendrán que intentar si no quieren verse en la tesitura de apoyar a Rajoy contra Iglesias o a Iglesias contra Rajoy. Porque ambas opciones son para ellos igual de deleznables. Mientras, Mariano y Pablo, el yin y el yang, se regodearán en esta otra máxima de Sun Tzu: “el supremo arte de la guerra es someter al enemigo sin luchar”. Que tomen nota los demás, porque toda confrontación se basa en el engaño. Concretamente en engañar y, sobre todo, en no ser engañado.

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