OPINIÓN

Religiones y sociedad

No es verdad que El Corán sea uno de los grandes libros de espiritualidad que se han escrito en el mundo, sino que es ante todo un libro de moral, de normas de comportamiento y de costumbres que forjan un pueblo, el pueblo de los creyentes en el Apóstol. 

atentados

Naturalmente que el Islam conoce decenas de libros de gran espiritualidad, pero no es el Corán. Ahí está nuestro murciano Ibn Arabí, nacido en el siglo XII, que dejó una obra de espiritualidad que influyó tanto en Leibniz como en nuestro Antonio Machado, o el afgano Mevlânâ, cuyos escritos rezuman honda espiritualidad. Pero el Corán no.

El Corán puede ser una de las obras más sabias sobre el conocimiento de lo humano, y la domesticación a través de reglas de comportamiento de nuestra naturaleza pecadora. Pero no es un libro de espiritualidad, como lo pueden ser los de Ibn Arabí, Mevlânâ, o nuestra Santa Teresa de Jesús. Es el fundamento de religión y un código de conducta. Y al ser esto último también, un código de conducta, supone una contradicción que ya vislumbró genialmente Mahoma: “A cada época corresponde su código” (Sura 13, aleya 38).

La verdad es que después del Islam no ha habido religiones nuevas, y las que han surgido no pasan de ser ramas del cristianismo o del mismo Islam. Esto nos trae el problema que ya vaticinase Mahoma; sólo se pueden mantener operativas las viejas religiones en el siglo XXI si sabemos distinguir en ellas lo que son elementos de moral epocal, polvo de la circunstancia histórica en que nacen, y la esencia religiosa en sí, esa hodegética que sólo las religiones nos proporcionan para vincularnos con Dios, nuestro Creador. Si sólo vemos en el Corán un código de conducta, un programa de conducta, este libro no resistiría los nuevos valores de la modernidad, y gran parte de sus asertos nos parecerían aberraciones, fuera del contexto en que se escribieron ( lo mismo pasaría con nuestro Antiguo Testamento, y menos con el Nuevo porque éste sí que es un libro de espiritualidad, que transciende la coyuntura ). No quisiéramos poner escandalosos ejemplos no sólo por no ofender gratuitamente a los creyentes del Islam sino porque seríamos injustos viendo sólo en el Islam un código de conducta “fuera de época”. Porque además el Islam también predica elementos de gran belleza moral, como su lucha contra el aborto, su amor a la ciencia y a la educación, su radical sentido de que todos los hombres somos iguales, el buen trato entre vecinos, el amor a los padres y a los más humildes, etc. Pero su radical importancia estriba “sólo” en la pasión que pone en el creyente para amar a Dios.

La nefanda masacre de los periodistas de “Charlie Hebdo”, en París, supone que el terrorismo yihadista no ha encontrado todavía una hermenéutica conveniente para explicar la sentencia del Profeta: “A cada época corresponde su código”, y mientras no se llegue a esta hermenéutica liberadora, la guerra entre la civilización occidental, asentada en un sistema político liberal y democrático, y un Islam enrocado en la literalidad del Corán perdurará. Lo que realmente desespera a Occidente es que no se haya producido el aggiornamento del Islam en los musulmanes de occidente. Pero al desesperarse así Occidente olvida una ley lingüística formulada por el ginebrino Ferdinand de Saussure en su Curso de lingüiística general, que aún no ha sido invalidada por ninguna excepción; a saber: cuanto más lejos está la lengua de su metrópoli, más pura y arcaica será. El Islam que se profesa en occidente, por estar éste en los márgenes de la religión musulmana, tiende a ser más literalista e integrista. El aggiornamento del Islam se producirá en el corazón geográfico de la religión islámica, el Oriente Próximo y Medio, y no en Europa.  Su Concilio Vaticano II espera en Arabia.

Mientras el corazón geográfico del Islam no consigue el aggiornamento de éste, a Occidente sólo le cabe estar en armas para eliminar cualquier pretensión del enemigo de conculcar nuestra libertad, como expresión del “sí mismo” de cada uno. Hacia 1800 las dos palabras místicas que al resonar estremecían los corazones de toda Europa y América eran éstas: “libertad y electricidad”. Desde entonces Occidente ha fundamentado su vida en la libertad como el derecho a manifestarse cada uno como verdaderamente es – “in interiore homine habitat veritas”, había dicho san Agustín – y en el progreso de una ciencia que traiga bienestar a la vida de los hombres.

Es verdad – ésa es otra cuestión – que el occidente imperialista se portó de la peor manera posible con el mundo musulmán ( sólo hace falta leer las Notas Contemporáneas del genial diplomático Eça de Queiroz ), pero Europa ya no puede hacer nada en arreglar lo que fue, sino sólo colaborar con todos los hombres del mundo de buena voluntad, entre los que tienen que estar – de acuerdo a la estadística que la antropología más básica enseña – la inmensa mayoría de los hombres y las mujeres musulmanes. Todos los imperios ( también  el árabe ) han hecho grandes desafueros. Pero el pasado no puede hipotecarnos el futuro. Todos los hombres somos hermanos. Lo dice también el Corán.

Finalmente, no comparto para nada, nihilo, esa opinión de mentes fortísimas hipercristianas, que no se solidarizan con el luto general, mayoritario, y naturalmente humano y espontáneo ( la espontaneidad del bien todavía nos da esperanzas sobre Occidente ) perpetrado por el terror fanáticamente religioso, debido al “horror” de las humoradas blasfemas de Charlie Hebdó, y que sólo piden que recemos para que el alma de los “muy sinvergüenzas e irrespetuosos asesinados” no baje el infierno. Serán cristianos de primera pero, desde luego, no han sufrido ningún aggiornamento del Concilio Vaticano II, y mentalmente tampoco están muy lejos de las mentes vigorosas de los asesinos. Y tampoco hay que ir al Concilio Vaticano II. Hay que tener una mente verdaderamente siniestra e integrista para pensar que blasfemar contra Jesús es algo más grave para el propio Jesús – nuestro querido Jesús, Dios Hijo – que la mentira, el hambre, la enfermedad, la guerra, el dolor causado por la maldad, el odio religioso o ideológico, o el mismo fariseísmo. Da miedo pensar que algunos cristianos estén aún tan cerca de los musulmanes integristas.

Otra vez el complejo de un Occidente decadente: nos matan y las reacción a las cuarenta y ocho horas es pensar que seremos culpables de algo. Las centenares de cabezas que el fanatismo corta cada día tendrán siempre alguna explicación fundada en la maldad del rebanado. Así Occidente no triunfará sobre sus enemigos.