OPINIÓN

Las tragaderas

Hace unos días un afamado periodista, e intelectualmente honesto, decía que hacían falta unas grandes tragaderas para que Rajoy se fije en Esperanza Aguirre, con la trayectoria que tiene, para la designación de candidata; para después terminar diciendo que son las mismas tragaderas que tiene a veces el votante que vota a esos personajes. Tengo ciertas dudas. Si nos referimos a Rajoy lo puedo compartir, lo comparto; pero respecto a los votantes ya no tanto. No lo comparto.

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El votante, con bastante mejor sentido que sus líderes, vota a determinados candidatos pensando en la fidelidad a su partido; pensando en la fidelidad a las siglas que siempre compartió; en definitiva siendo fieles a sus principios, a sus valores, y a sus necesidades. Pero es ahí, precisamente, donde está el error del votante. Es verdad que no lo hace por tragaderas; es verdad que lo hace siendo fiel a sí mismo; pero se equivoca; con buena fé, pero se equivoca.

En este caso, el sencillo elector, está votando a un líder que no representa sus valores, ni su ideología, ni siquiera que defiende sus intereses y necesidades. Está votando a un candidato que ha sido puesto como consecuencia de “un chalaneo de intereses de supervivencia y de recolocación”. Es la lucha de los sillones. “Yo te pongo a ti, te apoyo, para que yo pueda sobrevivir”. Y dirán algunos: es que la política es eso. No; me niego a aceptarlo. El político tiene que llegar al cargo limpio, y con capacidad de representarnos, de representar unos valores, unos principios.

Está de moda Esperanza Aguirre. Llegó al cargo por medio del antidemocrático Tamayazo. Ha sido, con los votos de los suyos, la responsable de una Comunidad, símbolo de la corrupción. Se ha dedicado en cuerpo y alma a enfrentarse con todo aquel que podía hacerle sombra. Ha tratado, con todo el descaro, de derribar, por ejemplo a Gallardón, y al mismísimo Rajoy. Y ahora es Rajoy quien la propone como candidata al Ayuntamiento de Madrid. Impresentable. Tanto si busca beneficios electoralistas como si busca quitársela de enfrente, es una auténtica indecencia.

Se equivoca el votante si presta su apoyo a quien no representa sus valores y sus principios, aunque esté bajo el paraguas de las siglas que siempre haya defendido.