KUKA

Capítulo CXXXI. Un pueblo feliz

En un mundo de locos, donde unos tarados, a martillazo limpio, pretenden borrar de la tierra, parte del legado que dejaron otras civilizaciones, y otras culturas. Y que no se nos olvide, que para estar donde estoy, plácidamente sentada en una terraza, tomándome un rico café al solecito, escribiendo este artículo, otros lucharon y pelearon con uñas y dientes, para conseguir la sociedad que tenemos ahora.

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Y si el fanatismo y el terror se alimentan de una sociedad adormecida, pronto perderemos nuestra identidad y seremos pasto de la carroña.

En un pequeño pueblo perdido en mitad del bosque, con sus gentes humildes y trabajadoras.
Cada vez que se producía un nacimiento, se celebraba una gran fiesta.  El alcalde de la aldea regalaba una pequeña agenda al infante, para que cuando tuviese conocimiento, fuera apuntando sin perder detalle los días vividos.

Adentrado bien entre la maleza, paseaban un niño y un abuelo, parándose detenidamente en un pequeño cementerio.

Las lápidas bien alineadas, con restos de flores marchitas y con una cosa en común todas, la misma esquela.

El Niño las lee detenidamente, y su cara entristecía con pena y horror al contemplar que cada difunto solo había vivido unos días.

Con las lágrimas en los ojos, quizás porque en el fondo sabía lo que le esperaba, miró a su abuelo sin entender nada.

Sabio éste como un gran sauce, coge al niño en brazos, y le dice:

En la agenda, que tienes en el bolsillo, apunta cada día feliz que pases en la tierra, cada momento que disfrutes con nosotros, de tus amigos, del amor y después de tus hijos, porque cuando ya no estés en la tierra, realmente será lo que hayas vivido.

Y todo terminará cuando en tu lápida se te apunten los días felices de tu vida.